lunes, 8 de diciembre de 2014

Rutina


Yo también creo que sentarse a escribir todos los días a una hora en concreto, durante toda tu vida, como si estuvieras redactando un enorme informe, no es el oficio creativo en realidad. Al final, acabarás produciendo muchas cosas que no son buenas, o no tanto ya buenas, sino más importante, sinceras. Si no tienes la necesidad de decir algo, no parece lógico sentarse a buscar algo. Sería como las tesis que se hacen sólo porque hay que hacer una tesis, no porque el investigador realmente desee saber más sobre ese tema, o haya tenido una idea importante en él.
Aunque también puedo defender la otra teoría, la de que es una forma de buscar en uno mismo y empujar algo hacia afuera que se resiste a salir. Porque es cierto que los escritores tampoco tienen las novelas dentro, acabadas y redondas como perlas en las ostras, sino que tienen que ir empujándolas, sudándolas, trabajando en ellas, más como una piedra que hay que modelar hasta diamante. A veces tienen que añadir partes que no son especialmente relucientes, pero que son necesarias para darle fin, para terminarla.
Quizás esta segunda visión sea más realista, tenga más en cuenta la imperfección de los humanos, frente a esa idea romántica y enardecida de los escritores como iluminados con capacidades diferentes al resto de los humanos. Creo que las diferencias que un escritor puede tener con los demás serían como mucho más paciencia, más humildad y menos vergüenza.

Libertad de expresión


Soy un escritor de la era Youtube. ¿Qué significa eso? Primero, que me tengo que preocupar de cómo escribir todas esas palabras: youtube, facebook, whatsapp. ¿Las escribo en mayúscula o en minúscula? ¿Las escribo como se diría en español? ¿Uso eufemismos generales para hablar de ellas: servidor de vídeos, red social internacional, servicio de mensajería instantánea.
Además, todo lo que escriba está inscrito en una sociedad en la que existen éstos y otros mil modos de comunicarse al instante. Miles de personas pueden escuchar lo que dices, ver lo que haces o leer lo que escribes en el mismo momento en el que decides que están listos para ello. ¿Qué sentido tiene, entonces, todo el proceso de escribir, en la concepción tradicional en la que yo lo imagino? Tener una idea, sentarse a desarrollarla, pensar cuál es la mejor forma de que impacte al lector, trabajar en los personajes, corregir, borrar y volver a escribir, dudar de tu valía, hacer el esfuerzo sobrehumano de dejar a un lado la vergüenza y el sentido del decoro, decidirte a intentar publicarlo, buscar el lugar más adecuado para ello, y finalmente liberarlo y que deje de ser algo tuyo. Absurdo procedimiento cuando hoy se puede uno explayar y enviar al mundo lo que uno ha escrito, sin intermediación de nadie ni de nada más. Escribir en un blog, como yo hago, al final es eso, eliminar intermediarios del que escribe hasta el que lee. ¿Es mejor, o peor? ¿Se pierde algo? ¿Qué?

Me permito criticar estas formas de comunicación porque yo me veo a mí mismo en el otro bando, en el de los que escriben siguiendo todo un proceso ancestral y casi religioso, un rito. Quizás esa es la diferencia, que sigo creyendo en los ritos. Pero no puedo evitar la duda (soy escéptico por naturaleza; ante todo, de mí mismo): ¿sirve de algo? ¿No sería más útil, por ejemplo, tener un video-blog, donde vertiera mis sentimientos y me pudiera conectar a personas alrededor de todo el mundo? Una de mis pocas amigas me contó una vez que muchas noches ella se iba a dormir con los vídeos de algunos youtubers, que relatan su día a día, sus preocupaciones, temas que les interesan, es casi como un diario virtual y público que otras personas ven y escuchan para sentirse acompañadas. Así justamente mi amiga, que se sentía sola muchas noches y dormirse escuchándolos le hacía sentir acompañada, como si durmiera con alguien, me decía. No me es ajeno el sentimiento, a mí me ha pasado quizás con novelas, a veces con la radio. Pero, ¿qué puede hacer un blog como este, más que servirme de desahogo? Mis ganas de quejarme, quizás, son lo que me hace abrirlo al mundo. Supongo que sería grato que a alguien le afectara lo suficiente como para recibir un comentario o una respuesta... sí, sin duda lo sería. En realidad creo que no busco otra cosa que eso: lanzar una piedra en las aguas del mundo y ver que hay una respuesta, un movimiento, que algunas ondas se mueven, que la figura general cambia aunque sea una milésima. La soledad no es más que eso, la ausencia de reacción en el alrededor.

martes, 5 de agosto de 2014

Relatividad

Un hombre puede pasar toda su vida viviendo lo que otros quieren que viva. Puede comer la comida que otros quieren ponen en su mesa, o en las estanterías del supermercado. Puuede amar a las mujeres que otros traigan a su vida. Puede creer en los ideales que otros, mayores y con mejor don de palabra, presenten como únicos y válidos en su infancia y adolescencia. Puede cobrar por el trabajo que otros le piden que haga, y hacer suyo ese trabajo hasta que realmente le importe si está bien hecho o no.
En ese caso, un hombre puede dormir tranquilo, y hasta se podría decir que feliz. Pero si, desgraciadamente, el hombre llega a intuir la imperiosa relatividad de todo ello, la desgarradora posibilidad de que todo fuera diferente, entonces ese hombre no podrá dormir tranquilo, y ya nunca volverá a tener la consoladora sensación de la irremediabilidad de lo que uno hace. Podría justifiacrlo ante los otros, pero ante sí mismo ya no podrá realmente creer, por ejemplo, que su pareja lo es porque no habría otra en el mundo que lo hiciera más feliz (sic), que el trabajo actual es la única forma de explotar y dar salida a todos sus conocimientos sobre el mudo, y que le permite influir en él de alguna forma. Que sus valores, sus preocupaciones, sus deseos, los motivos de su ira, son universales y que son él mismo, lo definen y le hacen ser él. Que si fueran otros ya no sería el mismo.
Pues bien, en algún momento, por alguna conexión exterior con el mundo o empatía o viaje o lectura o enamoriamiento, descubre que ya no es así. Que lo que él creía irremediable, es elegido, o al menos aceptado en su imposición. Hay primero un gran momento de iluminación y de fe: claro, si yo podría ser diferente, ¡yo puedo elegir lo que quiero, lo que quiero que me importe, lo que quiero desear!". Y se despliega el abanico de posibilidades, y este hombre es un poco más libre, y sabe que es él quien puede controlar su vida.
Pero nada es gratuito, este descubrimiento tiene asociados dos subproductos. Uno es la soledad: si eres tú quien eliges lo que quiere para ti, eres diferente de todos los demás, que tienen un mismo conjunto de deseos (que no eligen ellos, sino que son impuestos, el sistema es el les otorga sus deseos y preocupaciones, y por tanto, son compartidas). Cuando uno mismo se las crea, nada le garantiza que es importante para él, lo será para alguien más. Eso hace sentir muy solo.
El otro es la responsabilidad: no puedes culpar a nadie de tu infelicidad, porque tú eres quien sabe lo que te hace feliz y quien debe luchar para conseguirlo. Nobody else to blame but yourself. Nuestro hombre irá descuibriendo que tiene dos tareas dificilísimas, monumentales, sisifeicas: descubrir qué quiere (nadie le ha enseñado a cómo saberlo), y modelar el mundo exterior e interior para alcanzarlo. No es improbable que la responsabilidad y el esfuerzo necesario lo abrumen, y extrañe los días en que su camino estaba delimitado las valles de lo inevitable, aunque éstas las instalara otra persona y fueran dirigidas, siempre, hacia los intereses de alguien más. Sólo le queda aprender a construirse su propio camino, haciéndolo a la vez que aprendiendo. O regresar a un dogmatismo evolucionado, a escoger entre las múltiples opciones a nuestro gusto hoy en día.

lunes, 21 de abril de 2014

Tribus y activismo

Esta tarde he leído una entrevista a un señor mexicano, miembro del INAH, antropólogo y activista por los derechos gays. Me cayó bien de primeras (además contestó mi correo muy rápido, eso siempre lo pone a uno de buenas). En la entrevista hablaba mucho de cómo había sido para él ser gay y vivir en el mundo. Cuenta que con un amigo suyo tuvo una discusión acerca de si realmente era válido el término "orgullo gay" y la actitud que conllevaba. Su amigo decía que "él no había hecho nada para ser lo que era", y que por tanto no se tenía que sentir orgulloso de ello, de su condición. En cambio, este antropólogo piensa que sí es válido el concepto (no tanto por el concepto en sí, sino por lo que conlleva de distintivo y de lucha). Aceptarse y mostrarse gay es toda una lucha, una lucha contra el sistema, contra toda una serie de valores que se suponen establecidos e inamovibles y que de alguna forma se oponen e impiden el desarrollo de este grupo de gente, que de alguna forma sí tiene características diferentes, así lo sienten ellos, y quieren proponer algo diferente. Me llega muy de cerca esa lucha. La lucha de sentirse diferente, de saber que hay otro camino al que todo el mundo espera que sigas, y que ni siquiera tú sabes cuál es, pero en el fondo de ti sabes que tienes derecho a buscar. Cuando le preguntan: "Por qué no son lo que son y hacen lo que hacen entre ustedes sin ostentación, muy discretamente y en la intimidad? ¿Por qué tenemos que verlos? ¿Por qué nos obligan a enterarnos de lo que sienten, piensan y desean?", él responde:  porque el clóset es asfixiante y avala la homofobia; porque no nos da vergüenza ser como somos, porque nos aguantamos los miedos y porque tenemos el mismo derecho que ustedes a que nuestras vidas sean públicas y no censuradas. Nuestro orgullo es, antes que un mero calificativo, una emoción, un sentimiento y un hacer cotidiano. Y como toda emoción y sentimiento, sin duda tiene sus luces y sus sombras, sus trasparencias y opacidades, pero estamos trabajando todos para pintar de colores nuestro orgullo de ser... e incluirlos en esos colores a todos ustedes, porque somos sus hijos, sus padres, sus hermanos, sus primos, sus compañeros en esta vida... y sin duda, en ocasiones sus adversarios
La lucha quizás sea diferente, pero el sentimiento para mí es el mismo. No sé a dónde va el camino, no sé en qué termina ni qué tiene de bueno, pero sé que tengo todo el derecho a buscarlo y a sentirme orgulloso de querer encontrarlo, igual que un ingeniero se siente orgulloso al terminar su master, o un empresario cuando cobra su cheque mensual. Tengo derecho a sentirme orgulloso de hacer mi lucha, de serme fiel a mí mismo, de no quedarme en lo que hay sino seguir explorando, en mí y en el mundo. Orgulloso de saberme día a día avanzando y con misma proporción de posibilidades de ir hacia adelante por el camino o de darme de bruces contra una pared de fracaso. Orgulloso de asumir el riesgo, orgulloso, de nuevo, de serme fiel, porque ésa es mi gran lucha. Orgulloso de creer que hay algo en mí que vale la pena sacar y que los demás vean.
Esto surge en un momento en el que también es importante para mí la idea de tribu. Una tribu, en este caso, es un grupo de gente que tiene los mismos, más o menos, objetivos y preocupaciones y luchas y deseos y experiencias y puntos de vista que tú. Un grupo de gente con la que puedes hacer camino común. No tus dobles, no copias de ti, sino gentes que en algunos aspectos de la vida comparten planteamientos comunes y quieren andar un camino similar. Yo no los tengo, pero creo que es muy valioso si los encuentras, si lo trabajas. Creo que eso te puede dar mucha energía y apoyo, cosas totalmente necesarias. Es más, creo que sin ese tipo de grupo no se puede conseguir nada. Los humanos somos seres sociales e interrelacionales por naturaleza, cuatro cabezas piensan y sienten más que una. Solos no podemos avanzar, además no tendría sentido, el producto de nuestro trabajo es social, no individual, y si no, no vale la pena. Es uno de los grandes problemas del modelo laboral de hoy. Apenitas yo me estoy dando cuenta de esto, de cómo necesito compartir y tener apoyo en las cosas importantes para mí. De cómo las cosas sólo, o casi sólo, cobran sentido cuando se comparten. De alguna forma, te hace sentirte más inútil, más dependiente, menos autosuficiente. Pero creo que es realista, y una de mis máximas verdades es ver y aceptar la vida como es, intentando no engañarse.
Y de alguna forma, el activismo es una forma de tribu. Es encontrar a tus compadres, los que están en la misma lucha que tú, y no sólo regodearse en este encuentro, sino salir ahí  fuera, al mundo, y hacerse visibles. Puede que para uno no sea una gran diferencia, pero quién sabe quién puede necesitarlo, quién puede necesitar oír lo que uno tiene que decir. No es ser pretencioso, es asumir el camino que a uno le ha tocado, asumirse y mostrarse, porque todos aprendemos de modelos, de ver a los demás ser ellos mismos, por comparación con lo que son ellos y lo que creemos que somos nosotros. Y para mostrarse y ser, es necesario el orgullo de saber que vale la pena ser el que se es, a pesar de que sea difícil o diferente o no sea lo que todos esperan. Tal vez aceptación sea otra palabra, más humilde, pero no menos difícil de alcanzar, para este sentimiento al lucho tanto por pertenecer.

Entrevista con el tipo interesante:  http://www.aids-sida.org/archivos/LIZARRAGA-2012.pdf

Sobre las tribus: http://blog.sokanu.com/h/i/7860990-what-is-a-tribe-and-why-you-need-to-find-yours

Sobre los seres sociales: http://www.ted.com/talks/david_brooks_the_social_animal

Sobre aprender de modelos: http://www.ted.com/talks/hetain_patel_who_am_i_think_again

domingo, 20 de abril de 2014

Enamorarse depende de uno mismo

Tanto mi hermana como yo hemos crecido en una familia muy cariñosa, ambos lo somos, y rebosamos de ganas de amar y de poder canalizar toda esa energía amorosa que tenemos. Lo cual puede ser muy problemático. Somos de ese grupo de gente para la que las relaciones determinan la vida. Si estás en una relación y va bien, todo fluye, la vida es bonita y sólo quieres estar con la persona de quien estás enamorado, sólo te sientes realizado cuando estás amándola. Lo cual de por sí es un problema: nuestro sentimiento de plenitud necesita de un otro. Necesitamos querer a alguien para sentirnos completos. En general creo que es una característica del ser humano, pero en nosotros llega al extremo. Eso nos hace lo que somos en las relaciones: dependientes. Así somos y probablemente así seamos siempre, por mucho que vayamos a terapia y que pasemos por lo mismo una y otra vez. No se crean, ya no sufro tanto. Aceptarse es bueno.
Y creo que aceptarlo hace ver una salida. La enunciación sería así: "si con cualquier persona que sea mi pareja voy a ser dependiente, que al menos esa persona sea consciente de esa dependencia, la respete, la disfrute, la cuide y la atesore". Es decir, elegir la persona adecuada para estar con nosotros. Ya ese sólo concepto de elegir una pareja está fuera de nuestro sistema heredado de pareja. Nuestra mente educada así nos diría: "¿cómo vas a elegir? Uno se enamora o no se enamora, eso no se puede elegir. Creer que puedes buscar a una persona mejor que otra para ti es pretender que tienes la opción de recibir algo mejor de lo que te es dado. Confórmate con quien se enamora de ti, y no intentes buscar nada mejor" Es un pensamiento apabullante. Es lo suficientemente poderoso como para hacerte estar en una relación destructiva por años.
Hay algo que subyace detrás de eso. La idea de que nuestro amor depende de la otra persona. Es decir, que es el otro el que despierta el amor en nosotros, que de alguna forma es suyo porque él o ella lo hacen nacer, y no nuestro aunque nosotros lo sintamos. E-SO-ES-FAL-SO. El amor es nuestro. Es cierto que sólo se hace real cuando tiene alguien a quien dirigirse, pero nos pertenece, es algo que sale de nosotros. Lo que quiero decir es que cuando queremos a alguien, pensamos que sólo podríamos estar enamorados de esa persona, pero eso no es verdad. Sentimos amor por esa persona porque es la que está ahora, pero podría ser esa o cualquier otra que ocupara su lugar. Es difícil, casi imposible de ver cuando estás dentro de la relación, pero es así. Por eso hay que elegir bien, carajo. Hay que elegir bien de quién nos enamoramos, quién va a ser esa persona que DECIDIMOS que vamos a pensar que amamos como a nadie podríamos amar. Y lo vamos a pensar, cuando nos enamoremos lo vamos a pensar, va a ser diferente del resto del mundo e inevitable sentir que la necesitamos y que es ésa y no otra.
Así que dos pensamientos: uno, que el amor no se acaba cuando la persona amada se va, que la posibilidad de amar sigue ahí en nosotros, sólo hay que encontrar a alguien que nos reciba. Dos, que deberíamos elegir bien quién es esa persona que nos va a recibir, porque vamos a poner en él o ella poco menos que la fuente de nuestra felicidad en la vida. Porque así somos, seres que vivimos del amor, al menos nosotros dos.

miércoles, 2 de abril de 2014

Cuando se rompa el sello de mi garganta...

...las ideas y las palabras fluirán en un torrente incontenible y arrasador que me arrastrará consigo y que ya no podré controlar. Seré esclavo de ella, "esclavo de mí mismo" porque ellas revelarán, sin que yo pueda hacer nada, mi verdadera personalidad y mis verdaderos deseos. Y todo va a valer madres, porque a la gente no le va a gustar. Porque todos son igual de egoístas y cerrados de mente que yo, o más
¿Qué es mejor, controlar tu vida y la imagen que das a los demás y lo que ofreces? ¿O ser tú mismo, sin ataduras, sin retenciones, sin tener miedo de mostrarte, sin ocultar incluso las cosas que sabes que no son buenas para los demás? Aunque seas esclavo de tus acciones, sólo serías esclavo de ti mismo, es mejor eso que ser esclavo de los demás, ¿no?
¿Qué dice mi corazón acerca de estas dos opciones? Que es más rico lo segundo, más divertido, y más real también. Y eso es importante. Que es lo que mi alma quería. pero es difícil, porque nunca he actuado así, siempre ha sido al contrario y me da miedo que mi verdadero yo tome decisiones equivocadas y la cague.

¿Qué quiero decir en realidad? Que cargo con una dicotomía largo tiempo ha: la de saber muy bien lo que los demás quieren que les dé, la de cuál es el papel que podría cumplir y que en general se aceptaría, unos un rato, otros en otro. Que hasta ahora esa ha sido mi manera de conducirme: pensar primero en lo que dirían o harían los demás en reacción a lo que yo haga, y actuar en consecuencia a ello. Buscar una forma de no defraudarme completamente a mí mismo, pero de alguna forma influir en los demás, querer que reaccionen de la forma que a mí me gustaría. Eso está bien, es una herramienta social útil, y se supone que eso podría traerme satisfacción y felicidad. El problema es que es delgada la línea que separa tener contentos a los demás para que actúen como espero, de actuar yo mismo de forma diferente a la que a mí me haría feliz. Y ahora he llegado a un punto en mi vida en el que se abre una nueva opción para mí: hacer algo que a mí quizás me hiciera feliz, aun sin estar al 100% seguro, arriesgándome; pero que casi con toda seguridad no les va a gustar a los demás. O no les va a gustar a algunas personas en concreto. Por ejemplo, dejar mi trabajo. Eso no le gustaría a mi jefa, a mis estudiantes, a mi madre (o eso creo a priori al menos. Quizás a la mera hora a todo el mundo se la suda). Antes me hubiera atormentado mucho enfrentarme a la reacción de todos ellos, decepcionarlos, que dejaran de pensar bien de mí. Ahora estoy empezando a vislumbrar la opción de no ser yo el que se achante con mis propios deseos e impulsos, sino los demás. No reprimirme para que los demás no sufran, sino explotar, liberarme, romper el sello de mi garganta y que los demás se hagan cargo de sus reacciones. Cantar en el metro si me da la gana, decirle a quien me gusta que me gusta y a quien creo que se está apendejando que se apendeja, y que lo procesen ellos. Yo bastante ya tengo con lo mío. Pero, carajo, qué decisión arriesgada es ésta. Supone dejar de controlar lo que los demás me ofrezcan (¿alguna vez lo hice?), supone dejar a los demás a cargo casi por completo de su reacción ante mí y de su relación conmigo. Y creo que eso no es viable, porque me importa demasiado mi relación con los demás, con algunos demás en concreto. Me importa lo que piensen de mí, porque sólo no soy nadie, porque solos no somos nadie. Supongo que, de nuevo, lo suyo es encontrar un equilibrio. Pero, carajo de nuevo, veo ese impulso de liberarme dentro de mí, y hay una enoorme fuente de energía en ello, es algo que me mueve muchísimo, me alegra y me emociona y me plantea una vida más colorida y más viva y más emocionante y más divertida. Tengo muchos días grises últimamente, todos esos son días en los que vale más lo que quieran los demás que lo que quiera yo. Son días dedicados a los demás, pero ni siquiera de una forma en la que crea que los ayude realmente. Como que sigo para que nada cambie, que todo siga bien y tranquilo. Sabiendo lo que realmente pienso de mi rutina (que no lleva a nada, que no sirve para nada) pero sin decirlo, para que no cree problemas. Sin decirle a Tracy que por qué coño está estudiando español, que para qué está ahí, para qué me hace ir dos putas veces a la semana si no le interesa una mierda lo que vemos en clase. Si no cree que le sirva para algo ella tampoco. O a los de Axa que me gusta ir a verlos, a enseñarles, pero que nunca van a aprender inglés sólo con eso, que cada uno va para un lado diferente y que no se ayudan estando todos juntos. Que los tenemos juntos porque es bueno para el negocio, no porque sea bueno para ellos. Y que sí, que me gusta ir a enseñarles cosas, pero que creo que en ello no saco todo mi potencial, que me gustaría estar haciendo otras cosas, que es rutinario para mí y que siento que me miento a mí mismo y a ellos. Qué horrible, qué horrible sentir que tienes que estar mintiendo para que te paguen. Por eso nunca podría ser vendedor: ahora ya sufro por conseguir las firmas para que me paguen, y al menos creo que aporto algo. Si tuviera que vender algo que sé que no vale nada, me moriría de asco, vomitaría todas las noches al llegar a casa. Ya ahora me tengo que limpiar de lo que hago durante el día. Ya no quiero más.
Lo que pasa es que cuando uno se queja de que que no quiere lo que tiene, se supone que tiene que tener otra cosa mejor para presentarla como alternativa. Y yo no la tengo. Tengo ideas abstractas, pero nada concreto. Estoy en búsqueda, eso es lo que tengo. Y es cierto, tengo que sobrevivir, pero hay otras formas. Creo que puedo encontrar otra forma de sobrevivir mientras encuentro alguna otra cosa para hacer. Good luck to myself.

martes, 1 de abril de 2014

Lo que une el amor que no lo separe el vino

Preguntas, amigo, por qué se fue Laura y dejé de escribir. Intentaré contártelo.

Lo único que compartíamos mi suegra y yo era la pasión por el vino. Y, paradójicamente, eso nos separó. Una noche, Laura y yo probábamos algunas cepas del país. Yo estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo:
-         -  Es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.

Su voz chillona profetizaba desgracias.
-       -    ¿Qué te has creído, estúpido calzonazos, inútil? A mi hija puede que la hayas engañado, pero no a mí. Valiente caradura.
-         -  Buenos días también a usted, señora. La noto alterada, ¿qué ocurre?
-        -   No te hagas el tonto, yogurín, que vengo de vuelta. No contabas con mi habilidad para leer entre líneas y ver detrás de tus mentirosas palabras. ¡No por nada voy al club de lectura!
-        -   Señora, no tengo idea de lo que me habla.
-       -    ¿Acaso crees que no sé qué es un acróstico? ¿O que no me olía ya tu traición?
-       -    Está usted un poco nerviosa, mejor le paso a Laura.
-        -   Sí, pásamela, para decirle toda la verdad. Mejor pon el maldito altavoz, quiero gritarte tu traición y que ella la escuche.

El click del aparato sonó condenatorio.
-         -  ¿Laura? ¿Recuerdas el concursillo donde imprimían el poema ganador en la etiqueta de un vino de Navarra? A pesar de lo cutre de su poema, tu noviecillo ganó. Me sorprendió la simpleza de las frases, la rima tonta, el octosílabo simplón. Muy básico hasta para él. Ahora estaba bebiendo de esa botella… y de pronto entendí. ¡El acróstico, el maldito acróstico! Los peores poemas del mundo son los que intentan el acróstico.
-         -  ¿Qué quieres decir, madre?
-         -  Dime, la estúpida editora de tu noviecito, ¿cómo se llama? Con la que cuentas que pasa mucho tiempo.
-         -  Se llama Ana.
-          - Pues ya está. Te leo el poema otra vez. Escríbelo, para que puedas ver mejor.

<<Todas las rosas son hoy
Encanto de tu hermosura.
Abrázame sin soltarme,
Mátame con tu dulzura.
Ojos son los de tu rostro
Antídoto de amargura;
Ni aunque me veas con amor,
A su luz no encuentro cura>>


Ahí terminó la conversación. Después de eso, el caos: lágrimas, gritos, remordimiento… No tengo ánimo de relatarte más. Te ofrezco estos hechos como ejemplo de lo azaroso de nuestros destinos. Pero, sobre todo, del profundo mal que hacen en nuestra sociedad los clubes de lectura para jubilados.