martes, 1 de abril de 2014

Lo que une el amor que no lo separe el vino

Preguntas, amigo, por qué se fue Laura y dejé de escribir. Intentaré contártelo.

Lo único que compartíamos mi suegra y yo era la pasión por el vino. Y, paradójicamente, eso nos separó. Una noche, Laura y yo probábamos algunas cepas del país. Yo estaba deleitándome con un vino de Navarra cuando sonó el teléfono. Me pasó el inalámbrico y me dijo:
-         -  Es mi madre. Dice que ha encontrado una botella con un mensaje tuyo.

Su voz chillona profetizaba desgracias.
-       -    ¿Qué te has creído, estúpido calzonazos, inútil? A mi hija puede que la hayas engañado, pero no a mí. Valiente caradura.
-         -  Buenos días también a usted, señora. La noto alterada, ¿qué ocurre?
-        -   No te hagas el tonto, yogurín, que vengo de vuelta. No contabas con mi habilidad para leer entre líneas y ver detrás de tus mentirosas palabras. ¡No por nada voy al club de lectura!
-        -   Señora, no tengo idea de lo que me habla.
-       -    ¿Acaso crees que no sé qué es un acróstico? ¿O que no me olía ya tu traición?
-       -    Está usted un poco nerviosa, mejor le paso a Laura.
-        -   Sí, pásamela, para decirle toda la verdad. Mejor pon el maldito altavoz, quiero gritarte tu traición y que ella la escuche.

El click del aparato sonó condenatorio.
-         -  ¿Laura? ¿Recuerdas el concursillo donde imprimían el poema ganador en la etiqueta de un vino de Navarra? A pesar de lo cutre de su poema, tu noviecillo ganó. Me sorprendió la simpleza de las frases, la rima tonta, el octosílabo simplón. Muy básico hasta para él. Ahora estaba bebiendo de esa botella… y de pronto entendí. ¡El acróstico, el maldito acróstico! Los peores poemas del mundo son los que intentan el acróstico.
-         -  ¿Qué quieres decir, madre?
-         -  Dime, la estúpida editora de tu noviecito, ¿cómo se llama? Con la que cuentas que pasa mucho tiempo.
-         -  Se llama Ana.
-          - Pues ya está. Te leo el poema otra vez. Escríbelo, para que puedas ver mejor.

<<Todas las rosas son hoy
Encanto de tu hermosura.
Abrázame sin soltarme,
Mátame con tu dulzura.
Ojos son los de tu rostro
Antídoto de amargura;
Ni aunque me veas con amor,
A su luz no encuentro cura>>


Ahí terminó la conversación. Después de eso, el caos: lágrimas, gritos, remordimiento… No tengo ánimo de relatarte más. Te ofrezco estos hechos como ejemplo de lo azaroso de nuestros destinos. Pero, sobre todo, del profundo mal que hacen en nuestra sociedad los clubes de lectura para jubilados.

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